Objetos voladores no identificados

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Yo sabía que eso de los ovnis no era sólo un cuento. Nunca los había visto y la verdad tenía muchas ansias de hacerlo. Por las noticias dicen que estos objetos son vistos sobre todo en zonas donde hay mucha concentración de energía, por ejemplo en la cima de los volcanes o en las ciudades más desarrolladas y en las que habita mucha gente ‒por el dinamismo y el caos que reina en esos sectores.

Mis padres nunca hablaban del asunto, quizá porque tampoco los habían llegado a ver o porque pensaban que no eran reales.

Era domingo por la tarde; una tarde hermosa con un esplendoroso cielo anaranjado que contrastaba perfectamente con las pocas nubes celestes y blancas que adornaban aquel paisaje tan original. Fuimos a la pulpería y compramos algunos helados de paleta para comerlos mientras contemplábamos la puesta del sol. Sentados en el corredor de la casa mirábamos como poco a poco el inmenso sol se ocultaba detrás de los árboles que teníamos en frente. Era una magnífica escena.

Detrás de esos mismos árboles divisamos el primero. Creímos que era un avión que pasaba por ahí pero no parecía tener forma de avión: era circular, plateado, con anillos alrededor. Surcaba los cielos en trayectos circulares y avanzaba hacia el oeste. Todos quedamos como hipnotizados; inmóviles, callados, mirábamos hacia arriba.

Escuchamos gritos de una mujer los cuales nos sacaron del trance en el que nos encontrábamos. Volvimos la mirada hacia la calle y vimos a la vecina de abajo caer sobre la carretera. Seguidamente salieron el esposo y las hijas de la señora y comenzaron a orar, llorando, clamando e implorando compasión. Nos pareció algo exagerada su actitud, sin embargo, casi nos desplomamos cuando volteamos nuevamente la mirada hacia las alturas.

La siguiente escena fue increíble. Parecía que salían del mismo sol, cientos y cientos de ellos. Miles; incontables. Naranja blanquecino; el firmamento se transformó en una gran capa de circo, naranja y plateado, con millones de platos fulgurantes volando alrededor de él.

Quedamos atónitos, esperando un ataque, una invasión, una lluvia de centellas…

Mis vecinas cada vez más abismadas, atolondradas. Estaban totalmente fuera de sí; nosotros, hechizados por aquel evento sin precedentes.

*******

Un destello de luz blanca y limpia nos hizo parpadear. Al hacerlo, sentimos un horrible dolor en el cuello. Eran las cinco de la mañana y estábamos todos en el patio, mirando el cielo y con las ropas cubiertas de un fino polvo plateado.

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Yiyo

 

Aquel perrito era todo para mí. A mis escasos seis años pocas cosas me preocupaban y una mascota, mi primer mascota, era tan importante para mí como lo eran mis propios padres.

Sin embargo no estuvo conmigo por  mucho tiempo: un error de mí mamá le costó la vida a mi pobre perrito. No llegó al año de acompañarme y un hueso de pollo bastó para matarlo.

Fue un domingo. Lo recuerdo muy bien porque ese día fuimos a la misa y cuando regresamos ya mi perro estaba tieso como una rama de guayabo. Mis ojos se pusieron llorosos, sentí un gran vacío en mi estómago y un fuerte dolor en el pecho. Antes de enterrarlo, mi papá lo tendió sobre una carreta y lo llevamos a dar un último paseo alrededor de la casa.

Al anochecer y durante varios anocheceres posteriores lloré en silencio, solo, en mi cuarto, con la luz apagada para que nadie se diera cuenta de mi dolor.

Lo recordaba cada día: cuando me lo regalaron, sus ojos, sus gemidos por la noche intentando entrar a la casa, cuando me despertaba por la mañana…

A los diez días me fui olvidando de él, entonces volvió. Sólo una vez más, sólo un momento. Llegó a la cocina –aunque yo no me di cuenta ni cómo ni en qué momento entró. Esperó a  encontrarme solo y entonces habló conmigo. Extrañamente no sentí miedo, más bien me sentí tranquilo. Me contó cosas, cosas que no entendí, cosas que ya no recuerdo.

Hoy creo que él sólo quería despedirse como no lo pudo hacer en el momento de su partida o quizá enseñarme que aunque los animales vivan entre nosotros, no son de nosotros y que por la tanto debemos amarlos, respetar su libertad y dejarlos ir cuando sea su momento. Yiyo fue mi primer mascota y mi primer amigo.

 

A Yiyo (1995 – 1996)

Delirio en la inmensidad

 

 

 

 

 

 

 

De niño fui muy enfermizo. Cada par de días me daba un resfriado, un ataque de asma, una molesta tos… Que las glándulas inflamadas, que una ‘pega’…

Una vez, al dar la tarde y después de andar todo el día ‘en la calle’, comencé a sentirme mal: no tenía hambre ni ganas de comer; me estorbaba la luz y los ruidos. Lo único que tenía era tanta sed que a cada ratito iba a la ‘refri’ y sacaba un poco de agua casi congelada y me la tomaba. Me sentía pesado de tanta agua bebida. Y me sentía ardiente.

–Vení para tocarte la frente, me dijo mi mamá. ¡Pero si estás ardiendo en calentura! ¡¿Cuándo dejaré de pasar por esto con vos?! Te voy a tener que encerrar.

En ese momento ya mi cara estaba enrojecida y sentía tanto calor que lo único que quería era estar en la ducha, cosa que por ningún motivo podía hacer. Todo era cuestión, ahora, de tomarme cuanta ‘carajada’ se le ocurriera ofrecerme mi mamá y descansar.

Así que me tomé la pastilla con un té ácido y a la vez amargo y casi hirviendo del que desconocí sus ingredientes. –Y te lo tomás así, caliente, porque así es como te hará bueno.

Cuando toqué la cama, sentí como si en vez de estar cubierta por telas y almohadas, estuviera sumergida en un gran río de aguas congeladas. Era tan fuerte la sensación, que temblé por algunos minutos. Poco a poco, el revestimiento de hielo y pelusa se fue calentando hasta tal punto que comencé a sudar y sudar. Ahora yo estoy fresco y mi cama tiene fiebre.

Después de un largo rato tratando de dormir, me ha vencido el sueño. Aun me sentía muy mal y tenía miedo de quedarme dormido para siempre… Pasadas algunas horas, me despertó el asma que viene con cada resfriado. Mi pecho sonaba como un barullo de gatos excitados en un acalorado festín. Me costaba trabajo respirar.

Pude ver una luz encendida y a mi mamá que se acercaba con aquel remedio del hospital que me ponía a temblar como conejo. Pero nunca llegó a mi cama. De repente me encontré muy mareado y todo comenzó a dar vueltas. Me dolía la cabeza y me sentí aturdido.

Escuché un pequeño crujir debajo de la cama que poco a poco se fue haciendo más fuerte y más seguido. Mi cama se balanceaba como si el piso estuviera hecho de gelatina. Yo estaba atado a la cobija, todo se movía en conjunto y no podía dejar de moverme. Estaba a punto de vomitar cuando sentí un repugnante vacío en el estómago, similar al que se siente cuando subimos a una montaña rusa.

Me horroricé al notar que mi cama estaba sobre la nada. El piso había caído a la inmensidad oscura y tenebrosa que abunda fuera del globo. Me dirigía al fondo de algo o de nada, dando vueltas como en un remolino de aire. Espantoso fue apreciar como me alejaba de la casa y me sumergía a lo profundo de un gran agujero sin fin.

No podía gritar, no podía hablar y menos moverme. Me faltaba el aire, casi no podía respirar. Pero ya no estaba enfermo. Me sentía recuperado.

Mi cuerpo dejó de funcionar, pero seguía vivo y estaba consciente de lo que pasaba. Al rato mi casa dejó de ser parte del espacio y lo único que veía era la nada. Algunos pequeños puntos blancos en lo robusto del universo negro era lo más que podía distinguir. Terminé perdiendo la noción del tiempo; acabé por confundir arriba y abajo. Estaba perdido y no tenía idea de cómo haría para regresar. Seguí dando vueltas, pero ya no estaba mareado.

Así pasé un gran rato, o un rato muy pequeño. No sé, en ese lugar que no se puede describir, un segundo podía ser una eternidad. Parecía acercarme a una gran esfera blanca, algo como un enorme sol. O quizás, una gran esfera blanca crecía en cuanto pasaba un lapso indefinido de tiempo. Eso fue muy confuso.

Conforme me movía hacia <adelante> mi cuerpo se calentaba y animaba. Sentí poco a poco mi corazón como reaccionaba y mis pulmones me pedían respiros que los llenara de aire inexistente en aquel sitio. Perdido, me volví a perder; ahora en lo espeso de aquel gas claro que se diferenciaba del resto.

Ahora escucho mi respirar, ya no estoy en ese estado de aturdimiento que me dejó sin voz, sin tacto y sin oído. Me siento, sin embargo, desubicado.

Siento que algo me aprieta la garganta; algo me tapa la nariz y la boca, me quedo sin aire de nuevo. Me estoy asfixiando. Muevo las manos, que ahora sí responden, y con gran fuerza alejo esa cosa que tenía encima y que pretendía ahogarme. Al quitarla todo se ve más claro, tan claro que me encandila los ojos. Siento el aire fresco y mis fosas nasales hinchadas y frías.

Observo lo que tengo en frente y veo algo alejándose de mí. ‘Hago chino’ para poder distinguir lo que veo. Y entre la luminosa bola de blanco brillante veo a una persona que camina hacia su centro. ¡Es mi mamá! La reconozco a ella, quien camina hacia su cuarto cargando en su mano derecha, una botella de alcohol.

Soñar con los angelitos

¡Cómo estimaría ahora que no me hubieras deseado una linda noche! Todo iba bien, hasta que deseaste para mí un sueño placentero rodeado de seres imaginarios de alas blancas…

Planchaste la ropa y dejaste algunas prendas sobre una sillita en mi cuarto, luego apagaste la luz y mientras caminabas hacia tu habitación, me dijiste: –Buenas noches. ¿Por qué no lo dejaste hasta ahí? Tal vez te viste obligada, por fuerzas sobrenaturales, a decir algo más, algo más que el lindo y preciado interés de tener una linda noche. Lo que dirías era confuso, no entendí por qué lo hiciste y por qué la gente lo hace. Es un deseo de grandes, no de niños. Lo curioso es que los padres se lo desean a sus hijos sin saber si es lo que ellos también anhelan, como si fuera un conjuro para hacernos dormir o una excusa para que veamos lo que ellos no pueden ver.

Tu deseo se hizo realidad. Ya estoy contemplando tu fantasía (aunque no sea el momento oportuno). Creo estar soñando despierto.

Justo en la sillita, más blanco que el blanco. Ahí está, cumpliendo el favor que mi mamá le ha impuesto. No hace nada más que estar ahí, cuidándome, acechándome, vigilando e importunando mi preciada noche.

Con mi mano derecha hago un saludo en señal de amistad, respondiendo a su ponderada amabilidad al estar aquí conmigo.

No me parece necesaria su compañía. Mi mamá no sabía que verdaderamente iba a venir. Quizá sea algo más que mi consideración la que me incita a despedirlo e invitarlo a que se marche. Debo decir que no soporto el sentirme vigilado.

Él sigue como si nada: no se mueve, no habla, ni lo noto con intenciones de llevarme a dar un paseo. Se supone que los ángeles llevan a los niños a pasear de noche, a un lugar en donde se pueda jugar, gritar y hacer ruido. Que nuestros padres se descuiden de nosotros por un rato, en la noche. Cierren la puerta de su habitación, mientras nosotros jugamos libremente entre las nubes, sin importar que sea muy tarde y esté oscuro. Cuando estemos agotados, nos dormiremos entre nubes de guata y el mismo querubín que nos llevó, nos traerá dormidos de vuelta a nuestra cama.

Este espíritu era diferente y eso me molestó. Era la primera vez que uno me visitaba y parecía no ser de verdad. Así que, con la misma mano con la que lo saludé, le hice adiós, con la intención de que se marchara.

En la parte superior de mi cama tenía una lámpara, la cual encendí esperando que mi acompañante dejara de serlo y no tuviera que hacer el esfuerzo para desaparecer. Perfecto, ya apagué la luz y parece haber obedecido, trataré de dormir ahora.

Me sorprendió volverlo a ver, un poco menos brillante que hace un rato. Es sensacional contemplarlo ahora, desaparece por algunos segundos y vuelve a brillar, cada vez con menos intensidad.

Algo me está inquietando. La intermitencia de su resplandor me ha fastidiado, me siento como hipnotizado. El espíritu, en este momento, tiene control sobre mi cuerpo, pero no sobre mi pensamiento. Sin embargo, no hace nada, sólo me muestra lo que puede hacer.

Cuando se apaga, la silla no queda vacía: una sombra negra, más negra que el negro, permuta el reflejo fantasmal. Una experiencia de verdad alucinante.

Repentinamente, el espíritu bruno se desprendió de la silla y comenzó a volar a gran velocidad, dando vueltas dentro de mi cuarto, tanto así, como para simular que se esfumaba y emergía en otro sitio al mismo tiempo. Eso me pareció emocionante. Mientras tanto, en la silla estaba, de un blanco más opaco, el culpable de mi ofuscada noche. Al observarlo, sentía pánico, mi piel se escalofriaba, era inevitable que mis manos se pusieran temblorosas. Era un miedo producido por la tranquilidad de aquel ser.

Cuanto más volaba el ángel negro, menos brillaba el alma argentada; así que me quedé el resto de la noche divirtiéndome con aquella cosa negra que atravesaba mi habitación. Finalmente, la cosa blanca desapareció y mi cuarto se oscureció enigmáticamente. Fue un estremecimiento total, no podía ver absolutamente nada. Todos se fueron y me dejaron descansar con tranquilidad.

Jirafas

No sé qué hora es –me cuesta entender bien los relojes que en vez de números, tienen rayitas– pero parece que ya es tarde. Me doy cuenta porque afuera está oscuro, mi mamá ha cerrado toda la casa (como cuando vamos a salir) y las luces de adentro, están todas encendidas. Hace un rato que cenamos; mi papá ahora ve la televisión mientras que mi mamá tiende las camas. Mi hermana y yo nos paseamos de la cocina a la sala y de la sala al cuarto, en un juego que aún no tiene nombre.

<Yo pienso que ya deberían irse, no quiero que se queden. Han estado aquí desde que mi hermana llegó de la escuela (puede ser que se vinieron con ella). No es que no las quiera ni que les tenga miedo, es sólo que no hay espacio suficiente para que se queden a dormir>

Ah, no puede ser… mi hermana se ha caído y creo que se golpeó fuerte, pues está llorando. Casi adivino lo que sucederá: mi papá no se moverá de donde está ni mi hermana, mi mamá gritará como perturbada, culpándonos por lo que pasó, como si así solucionará el problema. Yo estoy seguro de lo que haré: me voy a quedar quieto y no diré una sola palabra, esto siempre funciona.

<Miro arriba y siguen ahí. Trato de no verlas, pero soy muy curioso. Sólo veo sus cabezas. No sé cuantas son, pero hay más de una>

Ahora, por culpa de mi hermana, mi mamá nos mandará a lavarnos los dientes. Ya apagó el tele y algunos bombillos, dice que nos apuremos o nos enviará a la pila a oscuras. No me  gusta cepillarme, pero voy de primero para librarme de un pellizco, porque duelen mucho. Mi hermana es un poco más rogada y estoy seguro de que esperará el segundo pellizco.

<Pensé que se irían cuando tuvieran hambre, pero en este momento una de ellas está rumeando. Se gira y se esconde, luego vuelve masticando quien sabe qué. Come muy raro; sin embargo, no ha dejado caer un solo pedacito de lo que tiene en su boca>

Después de cepillarnos, nos fuimos a la cama y seguimos jugando. —Bueno, a rezar— dice mi papá y se dirige a mi cama para que repita con él la misma oración de todos los días: “Me fui por un caminito, me encontré con Jesucristo. Jesucristo era mi padre, Santa Bárbara mi madre, San Vicente mi pariente que me puso una cruz en la espalda y otra en la frente, para que el diablo no me tiente ni de día ni de noche ni en mi última agonía, amén”

<Espero que al apagar la luz, ya no las vea más. Sus caras son raras, parece que están locas>

Mi hermana se cubre de pies a cabeza y enrolla su cobija en sí, de tal manera que simula un capullo de mariposa. No puedo hacer lo mismo, seguro por temor a que pase algo malo. Siempre duermo al mismo lado de la cama y en la misma posición. Mi papá me coloca la cobija encima y se va. Al apagar la luz, cierro los ojos, aunque sea por un corto tiempo.

<Permanecen en el mismo lugar, mirando hacia el cuarto. Sus ojos alumbran, reflejando la luz que entra por una rendija que hay en la pared. Pasan por mi cabeza aquellas ideas presentes en las oraciones, acerca de los ángeles y el diablillo. ¿Será que me están molestando por algo malo que hice?>

Le digo a mi mamá que no tengo sueño, pero ella obstinada me contesta que cierre los ojos y que de esta manera me dormiré, aunque no tenga sueño.

<Me doy cuenta de que son muy altas. Me gustaría contemplarlas de cuerpo entero. ¡Es cierto, cómo no lo pensé antes! Si a este lado de la pared veo sus cabezas, al otro (el que da a la sala) deben estar sus cuerpos. No quiero esperar más para verlas>

No le diré nada a mi mamá: tiene poca paciencia debe de estar muy cansada. —Papi, tengo sed. Llévame a tomar agua. Esperé un rato. —Papi… insistí. —Ya voy, ya voy. Contestó mi papá y acudió a mi llamado.

<Se han ido. No puedo creerlo, se fueron apenas se encendió la luz. En la sala no había nada, al parecer salieron muy rápido y sin hacer ruido, y ni siquiera dejaron el piso sucio>

Volvimos de la cocina directo a mi cama. Mi padre se quedó un rato mirándonos, como esperando a que me durmiera. Me volví hacia el otro lado de la cama, dándole la espalda para que volviera a su cuarto. Escuché sus pasos y me hice de cuentas que ya se había ido.

<No entiendo donde se ocultaron, pero han vuelto. Ahora parecen estar más locas. Sus cabezas se tambalean suavemente de un lado a otro, mientras mueven sus ojos a todas direcciones, casi sin control. Sacan sus lenguas moradas y dejan ver sus amarillentos y feos dientes. Ya no aguanto más; quiero que se vayan. Empiezo a sentir un poco de miedo>

Mi mamá se ha dado cuenta de que verdaderamente no puedo dormir. Seguramente escuchó el crugir de la cama cada vez que me movía. Desde su cuarto me pregunta qué es lo que sucede, y yo le contesto que hay dos jirafas que no me dejan dormir. —Déjate de varas y duérmete. —No puedo, mami. Venga para que las vea.

<Se han ido de nuevo. Sólo a mí me molestan; nadie más las ve>

—Apaga la luz para que las veas, dije. Mi mamá las apagó, pero nada. Como no las vio, se fue a su cuarto y me pidió que durmiera. Como no me dormía, mi madre regresó y se sentó a la orilla de mi cama. —Aquí me quedaré hasta que se vayan esas jirafas, comentó. Yo quedé complacido.

<Noté entonces que se estaban yendo, una por una. Se asomaban y al ver que no estaba solo, se daban la vuelta y no regresaban. Aparecían varias en un momento y desaparecían. Hasta que llegó la última, miró fijamente y se marchó>

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