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Jirafas

No sé qué hora es –me cuesta entender bien los relojes que en vez de números, tienen rayitas– pero parece que ya es tarde. Me doy cuenta porque afuera está oscuro, mi mamá ha cerrado toda la casa (como cuando vamos a salir) y las luces de adentro, están todas encendidas. Hace un rato que cenamos; mi papá ahora ve la televisión mientras que mi mamá tiende las camas. Mi hermana y yo nos paseamos de la cocina a la sala y de la sala al cuarto, en un juego que aún no tiene nombre.

<Yo pienso que ya deberían irse, no quiero que se queden. Han estado aquí desde que mi hermana llegó de la escuela (puede ser que se vinieron con ella). No es que no las quiera ni que les tenga miedo, es sólo que no hay espacio suficiente para que se queden a dormir>

Ah, no puede ser… mi hermana se ha caído y creo que se golpeó fuerte, pues está llorando. Casi adivino lo que sucederá: mi papá no se moverá de donde está ni mi hermana, mi mamá gritará como perturbada, culpándonos por lo que pasó, como si así solucionará el problema. Yo estoy seguro de lo que haré: me voy a quedar quieto y no diré una sola palabra, esto siempre funciona.

<Miro arriba y siguen ahí. Trato de no verlas, pero soy muy curioso. Sólo veo sus cabezas. No sé cuantas son, pero hay más de una>

Ahora, por culpa de mi hermana, mi mamá nos mandará a lavarnos los dientes. Ya apagó el tele y algunos bombillos, dice que nos apuremos o nos enviará a la pila a oscuras. No me  gusta cepillarme, pero voy de primero para librarme de un pellizco, porque duelen mucho. Mi hermana es un poco más rogada y estoy seguro de que esperará el segundo pellizco.

<Pensé que se irían cuando tuvieran hambre, pero en este momento una de ellas está rumeando. Se gira y se esconde, luego vuelve masticando quien sabe qué. Come muy raro; sin embargo, no ha dejado caer un solo pedacito de lo que tiene en su boca>

Después de cepillarnos, nos fuimos a la cama y seguimos jugando. —Bueno, a rezar— dice mi papá y se dirige a mi cama para que repita con él la misma oración de todos los días: “Me fui por un caminito, me encontré con Jesucristo. Jesucristo era mi padre, Santa Bárbara mi madre, San Vicente mi pariente que me puso una cruz en la espalda y otra en la frente, para que el diablo no me tiente ni de día ni de noche ni en mi última agonía, amén”

<Espero que al apagar la luz, ya no las vea más. Sus caras son raras, parece que están locas>

Mi hermana se cubre de pies a cabeza y enrolla su cobija en sí, de tal manera que simula un capullo de mariposa. No puedo hacer lo mismo, seguro por temor a que pase algo malo. Siempre duermo al mismo lado de la cama y en la misma posición. Mi papá me coloca la cobija encima y se va. Al apagar la luz, cierro los ojos, aunque sea por un corto tiempo.

<Permanecen en el mismo lugar, mirando hacia el cuarto. Sus ojos alumbran, reflejando la luz que entra por una rendija que hay en la pared. Pasan por mi cabeza aquellas ideas presentes en las oraciones, acerca de los ángeles y el diablillo. ¿Será que me están molestando por algo malo que hice?>

Le digo a mi mamá que no tengo sueño, pero ella obstinada me contesta que cierre los ojos y que de esta manera me dormiré, aunque no tenga sueño.

<Me doy cuenta de que son muy altas. Me gustaría contemplarlas de cuerpo entero. ¡Es cierto, cómo no lo pensé antes! Si a este lado de la pared veo sus cabezas, al otro (el que da a la sala) deben estar sus cuerpos. No quiero esperar más para verlas>

No le diré nada a mi mamá: tiene poca paciencia debe de estar muy cansada. —Papi, tengo sed. Llévame a tomar agua. Esperé un rato. —Papi… insistí. —Ya voy, ya voy. Contestó mi papá y acudió a mi llamado.

<Se han ido. No puedo creerlo, se fueron apenas se encendió la luz. En la sala no había nada, al parecer salieron muy rápido y sin hacer ruido, y ni siquiera dejaron el piso sucio>

Volvimos de la cocina directo a mi cama. Mi padre se quedó un rato mirándonos, como esperando a que me durmiera. Me volví hacia el otro lado de la cama, dándole la espalda para que volviera a su cuarto. Escuché sus pasos y me hice de cuentas que ya se había ido.

<No entiendo donde se ocultaron, pero han vuelto. Ahora parecen estar más locas. Sus cabezas se tambalean suavemente de un lado a otro, mientras mueven sus ojos a todas direcciones, casi sin control. Sacan sus lenguas moradas y dejan ver sus amarillentos y feos dientes. Ya no aguanto más; quiero que se vayan. Empiezo a sentir un poco de miedo>

Mi mamá se ha dado cuenta de que verdaderamente no puedo dormir. Seguramente escuchó el crugir de la cama cada vez que me movía. Desde su cuarto me pregunta qué es lo que sucede, y yo le contesto que hay dos jirafas que no me dejan dormir. —Déjate de varas y duérmete. —No puedo, mami. Venga para que las vea.

<Se han ido de nuevo. Sólo a mí me molestan; nadie más las ve>

—Apaga la luz para que las veas, dije. Mi mamá las apagó, pero nada. Como no las vio, se fue a su cuarto y me pidió que durmiera. Como no me dormía, mi madre regresó y se sentó a la orilla de mi cama. —Aquí me quedaré hasta que se vayan esas jirafas, comentó. Yo quedé complacido.

<Noté entonces que se estaban yendo, una por una. Se asomaban y al ver que no estaba solo, se daban la vuelta y no regresaban. Aparecían varias en un momento y desaparecían. Hasta que llegó la última, miró fijamente y se marchó>

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