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Soñar con los angelitos

¡Cómo estimaría ahora que no me hubieras deseado una linda noche! Todo iba bien, hasta que deseaste para mí un sueño placentero rodeado de seres imaginarios de alas blancas…

Planchaste la ropa y dejaste algunas prendas sobre una sillita en mi cuarto, luego apagaste la luz y mientras caminabas hacia tu habitación, me dijiste: –Buenas noches. ¿Por qué no lo dejaste hasta ahí? Tal vez te viste obligada, por fuerzas sobrenaturales, a decir algo más, algo más que el lindo y preciado interés de tener una linda noche. Lo que dirías era confuso, no entendí por qué lo hiciste y por qué la gente lo hace. Es un deseo de grandes, no de niños. Lo curioso es que los padres se lo desean a sus hijos sin saber si es lo que ellos también anhelan, como si fuera un conjuro para hacernos dormir o una excusa para que veamos lo que ellos no pueden ver.

Tu deseo se hizo realidad. Ya estoy contemplando tu fantasía (aunque no sea el momento oportuno). Creo estar soñando despierto.

Justo en la sillita, más blanco que el blanco. Ahí está, cumpliendo el favor que mi mamá le ha impuesto. No hace nada más que estar ahí, cuidándome, acechándome, vigilando e importunando mi preciada noche.

Con mi mano derecha hago un saludo en señal de amistad, respondiendo a su ponderada amabilidad al estar aquí conmigo.

No me parece necesaria su compañía. Mi mamá no sabía que verdaderamente iba a venir. Quizá sea algo más que mi consideración la que me incita a despedirlo e invitarlo a que se marche. Debo decir que no soporto el sentirme vigilado.

Él sigue como si nada: no se mueve, no habla, ni lo noto con intenciones de llevarme a dar un paseo. Se supone que los ángeles llevan a los niños a pasear de noche, a un lugar en donde se pueda jugar, gritar y hacer ruido. Que nuestros padres se descuiden de nosotros por un rato, en la noche. Cierren la puerta de su habitación, mientras nosotros jugamos libremente entre las nubes, sin importar que sea muy tarde y esté oscuro. Cuando estemos agotados, nos dormiremos entre nubes de guata y el mismo querubín que nos llevó, nos traerá dormidos de vuelta a nuestra cama.

Este espíritu era diferente y eso me molestó. Era la primera vez que uno me visitaba y parecía no ser de verdad. Así que, con la misma mano con la que lo saludé, le hice adiós, con la intención de que se marchara.

En la parte superior de mi cama tenía una lámpara, la cual encendí esperando que mi acompañante dejara de serlo y no tuviera que hacer el esfuerzo para desaparecer. Perfecto, ya apagué la luz y parece haber obedecido, trataré de dormir ahora.

Me sorprendió volverlo a ver, un poco menos brillante que hace un rato. Es sensacional contemplarlo ahora, desaparece por algunos segundos y vuelve a brillar, cada vez con menos intensidad.

Algo me está inquietando. La intermitencia de su resplandor me ha fastidiado, me siento como hipnotizado. El espíritu, en este momento, tiene control sobre mi cuerpo, pero no sobre mi pensamiento. Sin embargo, no hace nada, sólo me muestra lo que puede hacer.

Cuando se apaga, la silla no queda vacía: una sombra negra, más negra que el negro, permuta el reflejo fantasmal. Una experiencia de verdad alucinante.

Repentinamente, el espíritu bruno se desprendió de la silla y comenzó a volar a gran velocidad, dando vueltas dentro de mi cuarto, tanto así, como para simular que se esfumaba y emergía en otro sitio al mismo tiempo. Eso me pareció emocionante. Mientras tanto, en la silla estaba, de un blanco más opaco, el culpable de mi ofuscada noche. Al observarlo, sentía pánico, mi piel se escalofriaba, era inevitable que mis manos se pusieran temblorosas. Era un miedo producido por la tranquilidad de aquel ser.

Cuanto más volaba el ángel negro, menos brillaba el alma argentada; así que me quedé el resto de la noche divirtiéndome con aquella cosa negra que atravesaba mi habitación. Finalmente, la cosa blanca desapareció y mi cuarto se oscureció enigmáticamente. Fue un estremecimiento total, no podía ver absolutamente nada. Todos se fueron y me dejaron descansar con tranquilidad.

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