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Delirio en la inmensidad

 

 

 

 

 

 

 

De niño fui muy enfermizo. Cada par de días me daba un resfriado, un ataque de asma, una molesta tos… Que las glándulas inflamadas, que una ‘pega’…

Una vez, al dar la tarde y después de andar todo el día ‘en la calle’, comencé a sentirme mal: no tenía hambre ni ganas de comer; me estorbaba la luz y los ruidos. Lo único que tenía era tanta sed que a cada ratito iba a la ‘refri’ y sacaba un poco de agua casi congelada y me la tomaba. Me sentía pesado de tanta agua bebida. Y me sentía ardiente.

–Vení para tocarte la frente, me dijo mi mamá. ¡Pero si estás ardiendo en calentura! ¡¿Cuándo dejaré de pasar por esto con vos?! Te voy a tener que encerrar.

En ese momento ya mi cara estaba enrojecida y sentía tanto calor que lo único que quería era estar en la ducha, cosa que por ningún motivo podía hacer. Todo era cuestión, ahora, de tomarme cuanta ‘carajada’ se le ocurriera ofrecerme mi mamá y descansar.

Así que me tomé la pastilla con un té ácido y a la vez amargo y casi hirviendo del que desconocí sus ingredientes. –Y te lo tomás así, caliente, porque así es como te hará bueno.

Cuando toqué la cama, sentí como si en vez de estar cubierta por telas y almohadas, estuviera sumergida en un gran río de aguas congeladas. Era tan fuerte la sensación, que temblé por algunos minutos. Poco a poco, el revestimiento de hielo y pelusa se fue calentando hasta tal punto que comencé a sudar y sudar. Ahora yo estoy fresco y mi cama tiene fiebre.

Después de un largo rato tratando de dormir, me ha vencido el sueño. Aun me sentía muy mal y tenía miedo de quedarme dormido para siempre… Pasadas algunas horas, me despertó el asma que viene con cada resfriado. Mi pecho sonaba como un barullo de gatos excitados en un acalorado festín. Me costaba trabajo respirar.

Pude ver una luz encendida y a mi mamá que se acercaba con aquel remedio del hospital que me ponía a temblar como conejo. Pero nunca llegó a mi cama. De repente me encontré muy mareado y todo comenzó a dar vueltas. Me dolía la cabeza y me sentí aturdido.

Escuché un pequeño crujir debajo de la cama que poco a poco se fue haciendo más fuerte y más seguido. Mi cama se balanceaba como si el piso estuviera hecho de gelatina. Yo estaba atado a la cobija, todo se movía en conjunto y no podía dejar de moverme. Estaba a punto de vomitar cuando sentí un repugnante vacío en el estómago, similar al que se siente cuando subimos a una montaña rusa.

Me horroricé al notar que mi cama estaba sobre la nada. El piso había caído a la inmensidad oscura y tenebrosa que abunda fuera del globo. Me dirigía al fondo de algo o de nada, dando vueltas como en un remolino de aire. Espantoso fue apreciar como me alejaba de la casa y me sumergía a lo profundo de un gran agujero sin fin.

No podía gritar, no podía hablar y menos moverme. Me faltaba el aire, casi no podía respirar. Pero ya no estaba enfermo. Me sentía recuperado.

Mi cuerpo dejó de funcionar, pero seguía vivo y estaba consciente de lo que pasaba. Al rato mi casa dejó de ser parte del espacio y lo único que veía era la nada. Algunos pequeños puntos blancos en lo robusto del universo negro era lo más que podía distinguir. Terminé perdiendo la noción del tiempo; acabé por confundir arriba y abajo. Estaba perdido y no tenía idea de cómo haría para regresar. Seguí dando vueltas, pero ya no estaba mareado.

Así pasé un gran rato, o un rato muy pequeño. No sé, en ese lugar que no se puede describir, un segundo podía ser una eternidad. Parecía acercarme a una gran esfera blanca, algo como un enorme sol. O quizás, una gran esfera blanca crecía en cuanto pasaba un lapso indefinido de tiempo. Eso fue muy confuso.

Conforme me movía hacia <adelante> mi cuerpo se calentaba y animaba. Sentí poco a poco mi corazón como reaccionaba y mis pulmones me pedían respiros que los llenara de aire inexistente en aquel sitio. Perdido, me volví a perder; ahora en lo espeso de aquel gas claro que se diferenciaba del resto.

Ahora escucho mi respirar, ya no estoy en ese estado de aturdimiento que me dejó sin voz, sin tacto y sin oído. Me siento, sin embargo, desubicado.

Siento que algo me aprieta la garganta; algo me tapa la nariz y la boca, me quedo sin aire de nuevo. Me estoy asfixiando. Muevo las manos, que ahora sí responden, y con gran fuerza alejo esa cosa que tenía encima y que pretendía ahogarme. Al quitarla todo se ve más claro, tan claro que me encandila los ojos. Siento el aire fresco y mis fosas nasales hinchadas y frías.

Observo lo que tengo en frente y veo algo alejándose de mí. ‘Hago chino’ para poder distinguir lo que veo. Y entre la luminosa bola de blanco brillante veo a una persona que camina hacia su centro. ¡Es mi mamá! La reconozco a ella, quien camina hacia su cuarto cargando en su mano derecha, una botella de alcohol.

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