Yiyo

 

Aquel perrito era todo para mí. A mis escasos seis años pocas cosas me preocupaban y una mascota, mi primer mascota, era tan importante para mí como lo eran mis propios padres.

Sin embargo no estuvo conmigo por  mucho tiempo: un error de mí mamá le costó la vida a mi pobre perrito. No llegó al año de acompañarme y un hueso de pollo bastó para matarlo.

Fue un domingo. Lo recuerdo muy bien porque ese día fuimos a la misa y cuando regresamos ya mi perro estaba tieso como una rama de guayabo. Mis ojos se pusieron llorosos, sentí un gran vacío en mi estómago y un fuerte dolor en el pecho. Antes de enterrarlo, mi papá lo tendió sobre una carreta y lo llevamos a dar un último paseo alrededor de la casa.

Al anochecer y durante varios anocheceres posteriores lloré en silencio, solo, en mi cuarto, con la luz apagada para que nadie se diera cuenta de mi dolor.

Lo recordaba cada día: cuando me lo regalaron, sus ojos, sus gemidos por la noche intentando entrar a la casa, cuando me despertaba por la mañana…

A los diez días me fui olvidando de él, entonces volvió. Sólo una vez más, sólo un momento. Llegó a la cocina –aunque yo no me di cuenta ni cómo ni en qué momento entró. Esperó a  encontrarme solo y entonces habló conmigo. Extrañamente no sentí miedo, más bien me sentí tranquilo. Me contó cosas, cosas que no entendí, cosas que ya no recuerdo.

Hoy creo que él sólo quería despedirse como no lo pudo hacer en el momento de su partida o quizá enseñarme que aunque los animales vivan entre nosotros, no son de nosotros y que por la tanto debemos amarlos, respetar su libertad y dejarlos ir cuando sea su momento. Yiyo fue mi primer mascota y mi primer amigo.

 

A Yiyo (1995 – 1996)